La revista inglesa The Economist es un referente ineludible para quienes nos interesamos por la economía desde la política. Tiene más de 100 años de vida; cubre todos los continentes y una gama muy amplia de temas. Con su lógica aferrada a los principios de liberalismo es de alta utilidad para entender la mirada global, emitida desde el centro del poder financiero mundial. O fue de alta utilidad, hasta que la crisis financiera en curso pone en jaque, no tanto al sistema mismo, sino a la credibilidad del mismo, lo cual en el fondo es mucho peor. El sistema volverá a funcionar, pero nadie podrá siquiera intentar fundamentar que tiene un horizonte estable o al menos sereno. Cada vez queda esto más claro a más gente. En este marco, The Economist pierde toda su serena y altiva flema británica. Insólitamente, la revista sostiene la necesidad de asegurar el salvataje del sistema financiero para “mantener el flujo de financiación hacia todas las compañías”, a la vez que se opone a todo salvataje de empresas industriales, porque la selección “debe quedar a cargo de los consumidores”. Ni una sola palabra sobre las responsabilidades primarias en la crisis, como si el origen fuera el Espíritu Santo. Ni una sola variante más que reclamar que se inyecte dinero vía emisión, para que se recupere lo que se evaporó.
Nos pareció importante difundir este artículo, porque se explica por sí mismo. El absurdo de reclamar el retorno a un mundo que ya fue –o que en verdad nunca fue– es lo único que le queda al pensamiento conservador. ¿Alguien querrá ir en esa dirección?
E.M.M.

Insólitamente, esta nota del The Economist sostiene la necesidad de asegurar el salvataje
del sistema financiero para “mantener el flujo de financiación hacia todas las compañías”.
Ni una sola palabra sobre las responsabilidades primarias en la crisis.
NOTA PUBLICADA EN THE ECONOMIST
La crisis financiera desencadenó una crisis industrial. ¿Qué deben hacer los gobiernos al respecto?
Cero dólar, sin contar combustible ni manipuleo, es hoy la oferta más barata si se desea despachar un contenedor del sur de China a Europa. En el verano de 2007 (del hemisferio boreal), cualquier cargador hubiera cotizado U$S1.400. Buques de carga medio vacíos constituyen sólo un símbolo de la crisis mundial que atraviesa la industria manufacturera. En Alemania, durante el pasado mes de diciembre, los pedidos de máquinas herramientas se redujeron en un 40% con respecto al año anterior. La mitad de los 9.000 exportadores de juguetes de China están en bancarrota. Los envíos de computadoras portátiles de Taiwán se redujeron en un tercio durante el pasado mes de enero. En EE.UU., la producción de automóviles fue un 60% inferior a la de enero de 2008.
El año pasado se puso de manifiesto el poder destructivo global de la crisis financiera. La crisis industrial continúa agravándose, en gran medida porque se la observa en términos nacionales –de hecho, nacionalistas–. En realidad, la industria también quedó atrapada en el torbellino global.
En los últimos tres meses, la producción industrial cayó un 3,6% en EE.UU. y un 4,4% en Gran Bretaña (esos índices, en términos anuales, equivalen a caídas del 13,8% y 16,4%, respectivamente). Algunos culpan a Wall Street y al centro financiero londinense. Sin embargo, el colapso es mucho peor en los países directamente identificados con las exportaciones de manufacturas, los cuales han comenzado a depender de los consumidores de países deudores. En el cuarto trimestre de 2008, la producción industrial de Alemania cayó 6,8%; la de Taiwán 21,7% y la de Japón 12%; esto explica porqué el PBI de esos países se desploma con mayor rapidez que a principios de la década de 1990. La producción industrial es volátil pero el mundo no ha visto una contracción semejante desde la primera crisis del petróleo de la década de 1970, y ni siquiera esa crisis se había generalizado tanto. La industria está colapsando en Europa del Este, lo mismo ocurre en Brasil, Malasia y Turquía. Miles de fábricas del sur de China ya fueron abandonadas; los trabajadores volvieron a sus hogares para celebrar el año nuevo chino y millones de ellos nunca más regresaron a sus puestos.
Derrumbe de fábricas
Tras el rescate del sistema financiero ahora se pide a los gobiernos que también salven a las industrias. Al lado de los intrigantes banqueros, los trabajadores fabriles son dignos de ayuda. La industria manufacturera todavía es un empleador importante y, a la vez, bien visible; se concentra en lugares como Detroit, Stuttgart y Guangzhou. La quiebra de una empresa famosa como General Motors (GM) asestaría un severo golpe a la fe de la gente en sus propias perspectivas, en un momento en que la falta de confianza ya asfixia a la economía. Entonces, nos preguntamos si es correcto darle apoyo especial a la industria. Por mucho que pese a los industriales, la respuesta es no. No hay elecciones sin dolor, pero ayudar a la industria presenta dos grandes desventajas. Una de ellas radica en que los programas gubernamentales, que no se diseñan ni corrigen rápidamente, resultan demasiado engorrosos en su manejo frente a las múltiples y cambiantes dificultades de las industrias manufactureras del mundo. Parte del problema radica en el agotamiento financiero del comercio; nadie sabe cuánto durará. La otra parte del problema deriva de la reducción de existencias (en China hubo acopio antes de las Olimpíadas de Beijing). El efecto inventario debería ser temporal pero, nuevamente, nadie conoce ni su magnitud ni su duración.
La otra desventaja es que la ayuda sectorial no se ocupa de la causa subyacente de la crisis: la caída de la demanda, no sólo de productos manufacturados, sino de la totalidad de bienes. Como hay demasiada capacidad (muchísima en la industria automotriz), algunas empresas deberían cerrar a pesar de toda la ayuda que les inyecte el gobierno. ¿Cómo saben los gobiernos a qué firmas deberán salvar o cuál es el tamaño correcto de una determinada industria? Los consumidores tendrán que decidir. Sería injusto y también un despilfarro dar dinero a aquellas industrias que más reclamen o que dispongan de grupos de presión más hábiles. Trasladar la demanda del sector desafortunado, que no obtuvo ayuda, al afortunado, que logró recibirla, sólo exacerbará los ánimos. Si un país da preferencia a una determinada industria corre el riesgo de provocar una reacción proteccionista en el exterior y disminuirá su propio índice de crecimiento a largo plazo al destinar recursos a empresas ineficientes.
Tan solo pérdida de cadenas de abastecimiento
Algunos dicen que la industria manufacturera es especial porque el resto de la economía depende de ella. En realidad, la economía es una especie de red en la cual todo está interconectado y en la que cada productor también es consumidor. La distinción más importante no está entre la industria manufacturera y los servicios sino entre los empleos productivos y los no productivos. Algunos industriales aceptan esa distinción pero de inmediato presentan otro argumento: la crisis actual está poniendo innecesariamente en peligro los trabajos productivos y altamente calificados de la industria manufacturera. Hoy cada eslabón de la cadena de abastecimiento depende del resto de los eslabones. Las automotrices citan al nuevo Camaro de GM, amenazado después de que quebró la empresa que fabrica partes de plástico moldeado. La industria automotriz sostiene que la pérdida de GM destruiría toda la cadena de abastecimiento de los EE.UU., y que la ayuda hará que las buenas empresas sigan luchando.
Aunque algunas cadenas de abastecimiento sufran estrangulamientos en algunos puntos, el argumento es general y carente de peso para justificar ayuda sectorial. Por lo general, los proveedores con muchos clientes y los clientes con muchos proveedores deberían tener mayor capacidad de recuperación que si dependieran exclusivamente de un grupo grande. La actual falta de demanda que sufre China crea capacidad ociosa; pero los clientes pronto encontrarán nuevos proveedores si los tradicionales cierran sus puertas. Si se hace difícil, porque los autopartistas son muy especializados, es probable que una buena administración sea más efectiva que la ayuda estatal. Las mejores firmas monitorean de cerca a sus abastecedores esenciales y recurren a diferentes fuentes para la compra de partes, aunque les cueste más. Como máximo, las firmas pueden respaldar a los abastecedores vulnerables ayudándolos a generar dinero o invirtiendo en las empresas proveedoras.
Si la ayuda sectorial es antieconómica, ¿por qué hay que salvar el sistema bancario? No por el bien de los banqueros, tampoco porque la ayuda estatal vaya a crear una industria financiera eficiente. Hasta los imperfectos salvatajes bancarios y los planes de estímulo, como el convertido en ley por Barack Obama, apuntan a las raíces de los problemas económicos: rescatar bancos, independientemente de que lo merezcan, tiene la finalidad de mantener el flujo de financiación hacia todas las compañías; se supone que el estímulo fiscal aumentará la demanda en todos los niveles. Los gobiernos no deberían juguetear con los planes sectoriales mientras la industria manufacturera colapsa. La tarea específica es más amplia pero no menos urgente: seguir adelante con el gasto y con la liberación de la actividad financiera.
*Fuente: The Economist, febrero de 2009.
Traducción Graciela Zuccarelli |
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| Fecha |
2009-06-03 12:22:05 |
| Nombre |
Ernesto D. Aguirre |
| Titulo |
Sobre el artículo de The economist |
| Comentario |
Mal que nos pese, la descripción del funcionamiento de la cadena industrial que hace este diario es cierta.
Lo que no es cierto la hipótesis de que rescatar los bancos aseguran el financiamiento. Lo que debería servir es que si se rescata al sistema financiero se obligue a entregar financiamiento a las industrias a muy bajo interés, como así también a los consumidores.
Pero esto deberá obligarlos a modificar las reglas o a eliminar el registro de deudas, porque en la actual coyuntura, poseer para prestar, pero no prestar es peor que rescatar al sector industrial.
La falacia que intenta introducir este artículo es enfocar con un pensamiento ultra liberal, a lo Adam Smith (~1750), que los consumidores deciden, pero como infantilmente desliza, sin asalariados, trabajadores, no hay consumidores.
Es probable que la opción sea evidentemente salvar ambos tejidos, financiero y productivo. Claro, si se quiere seguir en el mismo circo. personalmente prefiero un salto al vacío utilizando más sentido común y menos ideología mercantilista.
Deberíamos estudiar un poco más sobre el pragmatismo económico alemán y el japonés, no son soluciones, pero son enfoques diferentes, de sociedades diferentes, esto nos permitirá encontrar nuestra propia receta casera para nuestra sociedad. |
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| Fecha |
2009-06-12 11:41:12 |
| Nombre |
Alcides Acevedo |
| Titulo |
Industria de cuarta |
| Comentario |
El sesgo hacia lo financiero es un hecho de la realidad que hay que mensurar con cuidado y sin ideologismos.
Por otra parte la defensa irrestricta, y en el caso argentino, la promoción de industrias obsoletas es a todad luces un erro.
¿A qué vienen los últimos anuncios de inversiones para fabricar zapatillas y textiles?
¿Con esa clase de empleo la población argentina saldrá de la miseria? |
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