Nro. 50 - Marzo 2007
 

EDITORIAL
La demanda preferencial

El INTI en Venezuela
Nuevo equipamiento metrológico
Promoviendo la competitividad de las Pymes queseras

Microemprendimientos ¿por dónde empezar?

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Alergias alimentarias

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EDITORIAL
La demanda preferencial

Ing. Enrique Martínez
Presidente del INTI

Argentina, del mismo modo que el resto de América del Sur, está recorriendo un proceso más que interesante de revisión de conceptos sobre el desarrollo. Este tránsito aún no se refleja – ¿se reflejará? – en el debate político, que sigue siendo de alta agresividad personal y poca sustancia conceptual. En todo caso, en lo concreto y cotidiano de cada acción de gobierno, ha quedado totalmente claro que un modelo de desarrollo que admite la concentración económica sin límites y que compensa a los excluidos del sistema con algunos bienes o algún dinero, no es para nada estable.
La inestabilidad ni siquiera se desprende de la

mayor o menor capacidad de cada gobierno de subsidiar esos consumos. Más claramente todavía, emerge de la desesperanza social, que se desliza hacia la violencia, los consumos auto destructivos, como la droga o el alcohol, la incapacidad de millones de tener una esperanza o una alegría sana.
El reflejo de muchas políticas públicas, auspiciadas también por organismos de dudosa claridad de miras, como el Banco Mundial o el BID, ha sido considerar a la promoción de micro emprendimientos como una política inclusiva. Así se daría a muchos la posibilidad de entrar de nuevo al juego, de ser parte de la economía de mercado y con ello recuperar su movilidad social. Los resultados de esta línea de trabajo no son ni claros ni convincentes. La economía ordenada por el mercado concentra inexorablemente y por lo tanto, es de esperar, que si alguna vez le quitó posibilidad de existencia a las unidades más pequeñas en un mercado, lo vuelva a hacer tantas veces como aparezcan nuevas unidades haciendo lo mismo.

En el INTI creemos que es posible y necesario promover pequeñas y muy pequeñas unidades productivas. Pero eso debe hacerse en condiciones que difieren mucho de las de un mercado tradicional, donde el pez grande se come al chico cada vez que lo alcanza.
Esencialmente, se debe asegurar una demanda preferente para esas pequeñas unidades. Esto es obvio y por supuesto no es una conclusión original nuestra. El punto es que esta obviedad ha conducido en casi cualquier intento a considerar como “demanda preferente” a la compra pública. El suministro de sábanas para hospitales o guardapolvos para escolares han sido y son las dimensiones más comunes de este concepto. El punto es que una y otra vez se verifica que en la gran mayoría de los casos la banda de opciones es muy estrecha, la demanda no tiene dimensión ni continuidad y hasta hay limitaciones de transparencia en las compras públicas que terminan frustrando los intentos.
A nuestro juicio, hay otras dos categorías de “demanda preferente” que no han sido suficiente exploradas, y por lo tanto promovidas, y que pueden constituir herramientas eficaces y poderosas para mejorar la inclusión.
La primera es la demanda local. Deberíamos ser capaces de operar sobre la cultura consumidora de nuestros compatriotas para que asuman la relevancia de comprar el tomate o la silla o la remera que produce su vecino o conocido del pueblo, aunque eso lleve a lo mejor a tener menor gama de oferta o incluso a pagar un peso más. El fortalecimiento de los tejidos productivos locales beneficia a toda la comunidad, no sólo a un comprador o vendedor puntuales, por el ciclo virtuoso que se genera en la circulación del dinero en ese lugar.
La segunda, más complicada pero muy necesaria, es la demanda que se genera al interior de grupos comunitarios que deciden producir bienes para asegurar la satisfacción de las necesidades básicas de esa comunidad, pero reduciendo a la mínima expresión el concepto de beneficio empresario. Es decir: utilizar una unidad productiva con el objetivo expreso de satisfacer necesidades del conjunto, en lugar de hacerlo con el objetivo expreso de ganar dinero. Esas unidades compran, venden y pagan salarios, pero su meta central no está asociada al dinero y por lo tanto, su destino se vincula a la cohesión social, por fuera de las reglas del mercado.
Los dos escenarios descritos existen – el INTI ha logrado poner en marcha varios casos y muchas organizaciones sociales también lo han hecho – pero no son dominantes. Sin embargo, el contexto internacional favorece cada día más que ellos sean estudiados y sus conclusiones sean trasladadas a las más diversas situaciones. Por ejemplo, cuando Venezuela intercambia petróleo por servicios médicos con Cuba, hay funcionarios venezolanos que piden que ese intercambio sea valorizado en las dos direcciones y se preguntan si tal acuerdo resulta conveniente para su país. También, seguramente, habrá cubanos que piensen que el valor asignado a su servicio médico debería ser mayor y podría alcanzarles para comprar otras cosas. No es fácil diseñar y mucho menos implementar nuevos escenarios. La cultura mercantilista está instalada en las mentes de mucha más gente de la que parece asumirlo; en cambio, está aún pendiente el desafío de darle una nueva responsabilidad a la oferta y a la demanda; de entender los sistemas económicos como sistemas sociales que atienden necesidades, antes que como fuente de acumulación y concentración de riquezas. Tan pendiente que muchas veces nos parece que ni siquiera se ha planteado.

    

2007-03-23 01:17:47 tecnico termodinamico (a.d)
  Augusto Cop
  Para poder realizarse realmente en forma, como lo dan algunos paises , deberá reformarse los impuestos, empezando con municipales, provinciales, nacionales DGI y otros, cargos, que en el mismo principio, cuando aun el emprendimiento no tiene forma adecuada de funcionamiento, lo asfixian.