Conducir el INTI es una tarea que plantea desafíos que superan lo instrumental. Nuestra responsabilidad no se limita a tratar de ser más eficientes en la ejecución de una labor que ya está definida con precisión, como sucede, por caso, en una estación de venta de combustible o en una peluquería o, en el plano productivo, en una fábrica de televisores. En todos estos casos, el producto final está definido, aun cuando pueda cambiar el modelo de corte de pelo o de televisor. La atención se debe concentrar en hacer las cosas a satisfacción del cliente y obtener un rédito aceptable para el capitalista, sea uno mismo o un tercero.
En el INTI no hay capitalista. El Estado financia la actividad en muy alta proporción. |
Las razones de esa financiación se explicitan en las leyes o decretos que definen la visión, misión y funciones y pueden -deben- ir mutando a medida que la sociedad transita por etapas de su maduración histórica.
En el INTI tampoco hay clientes. Hay usuarios de un servicio público, que tienen el derecho de pedir asistencia técnica, respecto de lo cual el Instituto tiene facultades para cobrar un arancel, en caso de que evalúe que la transferencia de conocimiento que se genera, conduzca a un beneficio económico de apropiación privada. El hecho de cobrar un arancel no convierte al usuario en un cliente, por más bastardeo que el neoliberalismo haya hecho del lenguaje
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